El Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión (TTIP, por sus siglas en inglés), es el acuerdo económico más ambicioso que se ha negociado hasta la fecha. Estados Unidos y la Unión Europea, las dos potencias comerciales más importantes del globo, pueden con él establecer las nuevas normas de juego en la esfera comercial. Sin duda, no sólo tendría consecuencias económicas o comerciales sino también una gran relevancia geopolítica.

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Fuente: BBC Mundo

Aunque la idea no es nueva -puesto que nació en la década de los ochenta- no ha sido hasta 2013 cuando se ha decidido poner encima de la mesa de negociaciones el capital económico, político e institucional de ambas partes del Atlántico. La fecha de terminación (bastante ambiciosa) está prevista para 2015, una vez pasadas las elecciones europeas de mayo de 2014 y las mid-term elections estadounidenses de noviembre del mismo año, y antes de las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016

El compromiso a nivel político es muy fuerte. A nivel europeo está liderado por el Presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, y por el Comisario de Comercio, Karel de Gucht. A nivel estadounidense, por el Presidente Obama y por el representante comercial de Estados Unidos, Michael Froman.

El TTIP, que no es un acuerdo comercial basado en la reducción de aranceles (ya de por si bajos entre la UE y los EEUU, en torno al 4%), pretende avanzar en la regulación y los estándares. El acuerdo se centrará en la eliminación de normas y reglamentaciones, las llamadas barreras no arancelarias. Por ello, las diferencias culturales en materia regulatoria juegan un papel clave en el acuerdo, y en si se traduce en un éxito o fracaso, aun siendo cierto que existen algunos temas que podrían entorpecer la negociación como las subvenciones agrarias o cuestiones de tipo militar.

El acuerdo tiene dos incentivos principales: por un lado el económico, y por otro el geopolítico. Si buscamos razones del porqué de las negociaciones por el acuerdo ahora, podemos encontrarlas tanto en la reducción de la hegemonía norteamericana como en el ascenso de otros actores en la escena mundial, principalmente China, o en la búsqueda de un revulsivo contra la crisis económica internacional comenzada en 2008.

Un estudio realizado por el Centro de Investigación de Política Económica (CEPR, por sus siglas en inglés) predice que la conclusión de un TTIP ambicioso aumentaría el tamaño de la economía de la UE en torno a 120.000 millones de euros (el 0,5% del PIB de la Unión). Por parte de los EE.UU., los beneficios podrían llegar a ser de 95.000 millones de euros (el 0,4% del PIB).

El éxito del acuerdo dependerá del nivel de ambición y capacidad de consenso de ambas partes. El pasado mes de julio se produjo en Washington la primera ronda de negociaciones, mientras que la segunda tuvo lugar en Bruselas los días 12, 13 y 14 de noviembre.

Esta segunda roda se ha dedicado principalmente al debate sobre las normas  de inversión y comercio de servicios y a una serie de cuestiones regulatorias, incluyendo la coherencia normativa, las barreras técnicas al comercio, y los enfoques sectoriales, así como la energía y las materias primas.

En sí mismas e independientemente de sus efectos, las propias negociaciones son un reto, ya que hablamos de un acuerdo “entre iguales”. Por primera vez, la UE va a negociar acuerdos de libre comercio con un socio de un tamaño económico similar. Esto requiere un enfoque diferente al que está acostumbrada en sus negociaciones, en particular en materia de reglamentación y de coordinación.

El éxito o el fracaso del acuerdo influirá en la hoy en día desorientada Organización Mundial del Comercio (OMC), donde las negociaciones están estancadas, y el papel resolutivo y transcendente que contaba anteriormente en el ámbito del comercio mundial es más que dudoso en la actualidad.

En cualquier caso, quedan dudas de si países terceros estarían dispuestos a aceptar el liderazgo normativo de los Estados Unidos y Europa de firmarse el acuerdo. Asimismo, las consecuencias de ambos escenarios estarían por calibrarse.

Adriana Maldonado